David Palacios
Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia – Magister en Sociología Política FLACSO Ecuador.
Un gran entusiasmo significó para el pueblo colombiano, en diferentes de sus capas sociales, la candidatura y presidencia del señor Gustavo Petro, quien apostó por un gobierno de transición entre el neoliberalismo más extremo, representado en el modelo de negocio de la salud, en el negocio de la educación, etc. hacia un modelo democrático (realmente) que recogiera al grueso de la población, otrora excluida por las dinámicas del poder oligárquico odioso, pero que se incluyó por sorpresa en unas elecciones inesperadas para la clase dominante, las de 2022.
Desde entonces, como una fijación a muerte, el centro, la derecha y la extrema derecha se dedicaron a hacer frente de manera osada y torpe a toda iniciativa política, popular, parlamentaria o movilizatoria que retara los privilegios establecidos del poder, o se atreviera a dar dos pesos de más a los asalariados colombianos. La derecha nunca dejó que el poder saliera de su cabeza (tal vez de ahí proviene su deseo de dominación-ser-dominados), eso los convirtió en fieras útiles, capaces de elegir un presidente con notables vínculos con poderes oscuros.
En el documento anterior se registran 100 de los logros de este gobierno popular, que con todos los obstáculos y oposición de todos los espectros políticos, sacó adelante una idea consolidada de gobierno, hizo diplomacia seria y mostró que un gobierno puede mantener a raya a ciertas empresas que hacen lo que quieren con trabajadores o consumidores.
El gobierno de transición no fue tal, fue para la clase dominante: «el gobierno que nos dejamos arrebatar, pero no por mucho tiempo», no se profundizó la democracia con la última elección, se devolvió el camino, la transición se volvió rotación, se cambió al pueblo en relación cercana con el ejecutivo, al ajuste y confrontación directa por lo luchado y por los «beneficios recibidos». No hace falta esperar a que el personaje elegido gobierne, sus asesores han confirmado desde hace mucho que desean que al trabajador le paguen por horas para descontar y descompletar los salarios. El pueblo por ahora solo se prepara en alerta permanente.
La rotación del sistema neoliberal-democrático implica que los espacios de participación popular se cierran, subsidios, conquistas, lugares físicos y otro tipo de recursos son cercenados por el ajuste «porque cuestan mucho», «porque son para la izquierda», a pesar de que la apertura a nuevas opiniones y prácticas sea un beneficio para toda la sociedad, no para un grupo político.
Aunque hayan habido aciertos y errores, Petro mantuvo con su voluntad contra viento y marea esta consigna del gobierno de transición (idea profundamente demócrata y polémica), la derecha no se vinculó, el centro huyó, y el pueblo no pudo tomar por sorpresa a la oligarquía en las elecciones como lo hizo hace cuatro años. Este escenario costó el poder ejecutivo, pero no el poder real, que se hace bien en conglomerados empresariales y cuarteles, o en barrios, en juntas de acción comunal, en asambleas y actividades colectivas. No importa cual sea la cabeza del ejecutivo, siempre habrá un pueblo para resistirle de ser necesario.

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