LA TRAMPA DE CREERTE SUPERIOR: LA BATALLA CULTURAL DEL NEOLIBERALISMO
Paola Holguín, la ministra designada que se jacta de querer usar una motosierra contra los que no piensen como ella

Rafael Cely

La batalla cultural no es una novedad. Lo evidente es que ya no la esconden.

La batalla cultural no empezó a librarse ayer. Los poderosos la han emprendido con constancia desde hace décadas. Lo que se ve ahora es que ya no esconden las intenciones. Al contrario, buscan que sean explícitas. Por eso, por ejemplo, ponen a personas como Paola Holguín para mostrar su avanzada. Su estrategia es consolidar una fortaleza en la individualidad. Con esto no me refiero al individualismo de la tradición humanista que se enfoca en la dignidad, la libertad, la autonomía, sino al de la tradición capitalista, en su mutación neoliberal. Aquel en el que, como dice Giroux, la persona se vuelve un consumidor y se mercantiliza la vida en sus aspectos cotidianos.

Esa forma de individualismo no distingue estrato social. O tal vez cada clase social lo expresa a su manera pero todas apuntan al mismo lugar: el tema es que cada quien se siente único, inigualable y, de paso, superior. En ese sentido, para afianzar ese sentir hace falta poseer.

El adquirir y acumular se ha hecho la única verdad. Vale la pena recordar aquella historia en la que Tolstói pregunta, “¿cuánta tierra necesita un hombre?”. Así podemos preguntar: ¿cuántas cosas son necesarias para estar satisfechos hoy día?

Ese tipo de individualismo se vuelve terreno fértil para el odio. Todo el que desafíe esa individualidad propia es sospechoso. De “únicos” pasamos a ser incuestionables. Es casi imposible reclamar porque cada quien defiende su unicidad irreprochable, incluso si esta implica eliminar poblaciones enteras o imponer una forma de pensar y, por consiguiente, de actuar a los demás. ¡Que nadie se atreva a cuestionar los fundamentos de su ser! Aunque esas percepciones pasen por encima de las normas más básicas.

Alguien podría apuñalarte porque lo has “visto mal” en el transporte público o porque le estorbabas el paso. Es la libertad natural de Hobbes que la clase popular padece y aplica. Si no se puede poseer lo básico, sí se puede tomar la vida de otro ser humano. También se concibe como “natural” que en la oficina el compañero compita contigo por conveniencia o por diversión, que el jefe te persiga o te cargue de labores. Competencia y obligaciones por doquier: para que siempre estés alerta, para que nunca descanses. Y si piensas salir a protestar: en las calles te esperan las balas de goma o las de plomo dirigidas desde las oficinas por los políticos y sus superiores. La metralla de los milicos o de los paras está dispuesta. En últimas, en cada estrato social el fin será imponerse. Lo común es ese regodeo con el triunfo basado en la caída del semejante.

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Tal avance poco revisado, o al menos pasado por alto, de la batalla cultural debería alertarnos. El individualismo es una afrenta a las comunidades cotidianas: la familia, la vereda, el barrio, el lugar de trabajo. Y es una amenaza a esas comunidades porque las diluye en la superficialidad del arribismo y rompe los vínculos. Los otros se vuelven un medio para un fin que está reducido a la forma de gastar: comprar más, llegar a un círculo más exclusivo. Ahí está la trampa: en la creencia de que todo depende de mí y de la providencia, de que las circunstancias sociales no importan. Creer que puedes llegar a ser como el oligarca, sin darte cuenta de que aquel ha sido constituido a partir de la cultura, la educación, la memoria de sus ancestros. Es decir, de todo lo que le quieren negar al pueblo.

Y así como para el ludópata nunca es suficiente, para estos narcisos el otro siempre puede servir un poco más; y si ya no sirve para un fin individual, se desecha. Humanos que van por las calles como el papel de un caramelo arrastrado por el agua de una alcantarilla. Pero se creen hermosos peces de colores que nadan contra la corriente como el salmón.

Es una farsa que hasta ahora vayan a empezar la batalla cultural pues esta ya llevaba tiempo y, en alguna medida, todos tenemos síntomas avanzados del virus del individualismo capitalista. Hace falta que nos afirmemos como seres libres y originales en nuestra genuina diferencia para confrontar esta visión. Para eso también debemos ser capaces de entendernos como células de un cuerpo más grande sin el cual no puede haber ni cultura, ni pueblos, ni individuos.

Publicación original: Blog Rafael Cely

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