Ex.Nihilo
Muchos afirman que el fútbol es político. Yo no lo creo a rajatabla, pero estoy convencido de que el juego llamado ‘fútbol’ se parece mucho a lo que llamamos ‘política’. Me parece que el fútbol es atractivo como deporte, entre muchas otras razones, porque se parece a la política. Pero y la política ¿a qué se parece?
No intentaré definir ‘la política’ exhaustivamente, eso es algo difícil. Tan sólo quiero resaltar uno de sus aspectos al recordar una de las lecciones de Michel Focault recopiladas en el libro ‘Defender la sociedad’. En una de sus clases, el pensador francés hace una inversión del aforismo de Klausewitz y afirma: ‘La política es la guerra por otros medios’. Esta inversión me llama la atención con respecto al aspecto estratégico de la ‘política’. Al seguir de cerca la política nacional, no puedo sino ver cómo diferentes partidos, facciones, movimientos o individuos que participan en ella, continuamente se destrozan sin piedad, se calumnian, se tergiversan o se persiguen. Algunas veces esto se hace de manera casi que quirúrgica y sanitizada, por medio de discursos o estrategias muy ‘diplomáticas’ e inteligentes. En otras ocasiones, sobre todo en tiempos de crisis, se usan métodos más directos, incluso llegando a la violencia. No importa qué cuestión social esté en juego, el punto es que esas facciones, esos individuos, quieren pasarle por encima a su contrincante. El hecho de que esto la mayor parte del tiempo no se convierta en una guerra civil, se debe a que la política se ha institucionalizado y a que las partes en conflicto no se encuentran en un punto de no retorno ni cuentan con recursos y población dispuesta a dejar la vida en ello. Entonces, si la política se parece a algo, es a la guerra. Los políticos, en las diversas formas gobierno y sistemas políticos, intentan librar una serie de batallas con el ánimo de conquistar el poder. En cierta medida, se encuentran en un estado de guerra permanente, en el cual tratan de convencer a la población de unirse a sus banderas para lanzar ofensivas exitosas por la toma de posiciones en las instituciones sociales y políticas decisivas. Generalmente, en las democracias multipartidistas, todo esto se da como el intento de ganar elecciones y ocupar con subordinados o aliados instancias del poder judicial o legislativo, cuando no también puestos directivos en organizaciones de la sociedad civil.
Pues bien, este aspecto de la política, como forma institucionalizada de la guerra entre facciones, se me hace similar a cuando veo los campeonatos de fútbol. Cada partido es una pequeña batalla que cada equipo libra, con el objetivo de avanzar en su campaña por la conquista de un título. Cada partido es planificado con miras a ganar o, al menos, ‘salir vivo’ (lo que por lo general es un empate). Cada rival es observado y analizado por su contrincante, se le ven sus puntos fuertes y débiles, se le busca el quiebre por medio de un cálculo de las capacidades disponibles. En el fútbol, esto sucede de la siguiente manera: se plantea un equipo titular, una formación y un plan que permita llegar a la otra portería para anotar, entonces se pone un falso nueve, se usa bloque alto o unos extremos que rompan por las laterales y que puedan bombardear de centros el área rival; se planifica una defensa con marcas personales o con relevos, se usa bloque bajo o recuperación tras pérdida con bloque medio alto y otro sinfín de morisquetas. También se puede apelar a la cuestión psicológica: Generar un recibimiento apoteósico de los seguidores en la cancha cuando se es local, hablar de más (o de menos) en los medios; cánticos; ‘trabajarle la mente’ al rival por medio de comentarios e insultos durante el partido; pedir tarjeta por cualquier cosa; hacer faltas tácticas; hablarle al árbitro o manipularlo para que se incline a tu favor (no me refiero al soborno); al mínimo toque botarse en el área pero de una manera teatral convincente (hay que ser buen actor). Todos esto, unido al hecho de que, por lo general, es muy difícil ganar cada partido y que para poder defender un resultado deba apelarse a un montón de estrategias futbolísticas y extrafutbolísticas, me hace pensar que lo que me gusta de este deporte con pocas anotaciones, tan cansino, tan ‘monótono’, es que logra captar mi atención por su apelación a la pasión y la racionalidad estratégica de los implicados a través de una dinámica que exalta y calma las pulsaciones en un continuum de momentos memorables. Es muy probable que esta misma sensación fuera la que tuvieran los espectadores del circo romano cuando veían a sus gladiadores matándose a fierro limpio al representar batallas históricas de la historia de Roma (aunque ignoro si existía algo así como campeonatos).
Bien mirados, la política en las sociedades multipartidistas y los campeonatos de fútbol, se parecen en esos aspectos, lo que a su vez los acerca bastante a las dinámicas propias de la guerra. Seguramente el símil no es total, nunca lo es, pero algo nos dice de lo que ambos fenómenos provocan en las personas. Hace unos días, en una tienda mientras compraba la carne, un tipo que defendía a la selección argentina decía: ‘La gente los critica que por bocones, pero ¿cómo no se van a calentar jugando un partido? Es como la política, usted se pone a hablar de Abelardo o Cepeda y en un momento se pone caliente y pasa al insulto’. Esa apreciación, aunque no me hizo hinchar por los argentinos (que me tienen un poquito cansado), se me hizo interesante, pues es cierta. Es imposible no involucrarse emocionalmente en algo que en principio uno creería que puede ser tomado como algo racional. Uno podría ver fútbol con mirada fría y pensar que siempre gana el mejor, el que tiene mayor mérito deportivo. Pero cualquiera que haya disfrutado de este deporte por un buen tiempo sabe que no es así, que no siempre gana el ‘mejor equipo’, el que todos convenimos que juega mejor. No siempre ganan los que mejor siguen las reglas; no ganan siempre los que tienen la mejor defensiva o la mejor ofensiva. No. A veces ganan los equipos que mejor provocan al contrario; los equipos que mejor manipulan las circunstancias extrafutbolísticas; los que tienen mejor ‘manejo de vestuario’, es decir, los que saben motivar mejor a los jugadores para salir a darlo todo en la cancha, especialmente en momentos de crisis. De la misma forma, en la política no gana siempre ‘la democracia’, de hecho, cualquiera que haya estudiado un poco de historia política se puede dar cuenta que este sistema político a veces da lugar a los peores elementos antidemocráticos. En ocasiones no gana el mejor candidato, el más pulcro o el que mejores propuestas tiene para el bien común; suele suceder que no gana la batalla el más preparado, sino el más tonto pero popular; que quien puede imponer sus decisiones no es el que más hace compromisos sino quien mejor los quiebra; quien manipula o miente; quien no revela totalmente sus objetivos sino que los esconde tras el velo de un discurso ‘reconciliador’ o ‘benévolo’. Así pasa en el fútbol, en la guerra y en la política.
Pero ¿qué puede decirnos esto a quienes hacemos política? A mi parecer, que lo mismo que funciona en ese bello deporte funciona en el ágora. Como amante del fútbol, creo que un equipo, antes que nada, debe jugar bien, pues creo que además el fútbol tiene un aspecto estético. Que uno debe jugar bien y seguir las reglas, pero siempre hasta donde sea posible, pues como en la política, en fútbol no sólo uno quiere divertirse y dar un buen espectáculo, sino que uno también quiere y debe ganar. En la política, uno debe ser un buen político, debe ser ejemplar, pero si tienes que hablar sucio, pegar una ‘patadita’ o meter un ‘codazo’, dale loco, no hay de otra. De la misma forma en que uno debe plantearse cómo remontar un partido difícil y planificar cada balón, debe plantearse como remontar una derrota parcial y cada movimiento, cada gesto, cada comunicado, cada palabra y cada acto. Si uno en un partido debe apelar más a ciertas reglas para usarlas en contra del adversario (provocarlo para que te pegue y se gane una amarilla o subiendo líneas para dejar a su delantero en fuera del lugar), en política uno debe provocar el error del adversario y dejarlo que se equivoque cuando en verdad mete la pata. Por mucho que nos guste esa imagen idílica de que la política es para buscar consensos, no podemos sino observar que allí lo que pasa es más bien que gana el que mejor maneja el disenso a su favor o el que logra capturar la atención de la parte que no tiene parte en dicho disenso. No se engañen, en política se trata de ganar y ojalá -como ocurre con los equipos de fútbol memorables- que se gane convenciendo y jogo bonito.

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