Rafael Cely
Hace algunos años, durante mis vacaciones, encontré el gusto por observar aves. En ese ámbito no basta con ver: hay que permitirse la sinestesia que hace posible el bosque. Es necesario mirar con los oídos y escuchar con los ojos porque el canto se puede sentir con la vista, es singular, fugaz y colorido. Su efecto en el orden del bosque es, no obstante, para el ser humano, la mayoría de las veces, un misterio.
En los cantares de los pájaros, su superposición y orden se escuchan como una conversación. Desde antes de ingresar al bosque tupido, ese ambiente al que vas a observar aves te ha preparado, bien sea la neblina y el fresco de la mañana o lo sutil de una llovizna, antes de ser disipada por los rayos del sol. Y así la sinestesia se presenta: el olor de los colores que se encienden en los primeros minutos del día.
Te pones en la frecuencia del ambiente gracias a la temperatura; sientes a través de las botas la textura del suelo, la hojarasca densa que cruje suave según su humedad. Tratas igual de no hacer ruido para no alterar a los inquietos habitantes del bosque. En otro caso, van a huir de tu “civilizada” presencia. Entonces logras dimensionar por un momento esa conversación.
Y es que se escucha un diálogo más que un concierto. Al contrario de lo que dice el lugar común, en el bosque no hay un simple concierto desordenado de cantos de aves. Son pocos los que cantan sin saber que cantan, como diría el buen Galeano. Realmente, lo que hay es una asamblea pero aprovechándose de la brevedad y de la concisión; de lo contrario del circunloquio.
Entre esas aladas palabras se entrecruzan en el viento los colores vibrantes que van de los azules verdosos a los discretos salpicados de café; los intensos amarillos y los encendidos naranjas como brasas, los sarabiados, los negros brillantes que se confunden con las sombras de las hojas en el dosel. De toda esa pintura fugaz queda siempre la huella del canto.
El observador de aves puede afirmar que ha visto muchas más especies con los oídos que con los ojos, pero es tan difícil identificar esa variabilidad de lenguajes en la diversidad de voces del bosque que se va uno con la certeza de que estaban ahí, de que tal vez los vio, pero sin duda los escuchó y de que, aun con el truco de la aplicación Merlin para identificar sonidos de aves, no se está seguro de cuáles eran exactamente. Muchas veces ha pasado que descubres desmesuradas voces en gemas aladas y diminutas. Otras veces los más reservados son aquellos gigantes, especialmente los de hábitos nocturnos, como los búhos.
En eso que nos dejan escuchar nos vamos con la sensación de que dijeron algo, de que expresaron algo incluso de nosotros mismos. De los humanos. De los que tratamos de comprender su comportamiento y de discernir su intrincada lógica pero que a la vez somos sus principales amenazas.
Los pájaros, parece obvio, hilan sentidos en sus conversaciones. Temas que ante el oído de un aficionado suenan muchas veces incomprensibles, ante el método científico, pueden conformar de forma probada cierta lógica. Para eso tendrían que venir los ornitólogos con aparatos de medición. Pues donde algunos humanos sólo ven comportamientos llamativos, danzas majestuosas, colores vistosos o cantos agradables puede existir un entramado de significados esquivos a nuestra comprensión. Ese valor que les hemos dado lleva a algunos hasta el punto de enjaular a representantes tan evidentes de la libertad.
Ver a los animales desde una mirada netamente cientifista, y sobre todo con la supremacía de lo humano sobre lo animal, impide entender sus conductas como algo distinto de una respuesta al ambiente o un producto de los instintos. En todo caso, la misma investigación en ciencia ha permitido cuestionar esa mirada única y abrirse a vínculos a través de la comunicación como los que tratamos en este texto.
Para ampliar la perspectiva, el autor bogotano Miguel Rocha Vivas, desde las cosmovisiones indígenas, presenta la dualidad entre lo humano y lo animal como algo que puede ser seriamente cuestionado. Puede haber una miopía en pensar que lo salvaje y lo civilizado están escindidos y no reconocer que ambas características conforman al ser humano en su complejidad. Pero los animales también parecen hacer gala de esa dualidad. Ni ellos son solamente naturales, instintivos, como parece; ni nosotros somos tan racionales y centrados como creemos aparentar.
Rocha Vivas (2024) menciona que “es un hecho constatable que en la gran mayoría de relatos indígenas (…) la mayoría de animales poseen agencia y son gente; lo cual no significa que sean humanos” (p. 134). En otro contexto, al observar el nahualismo mesoamericano, pareciera que el ser humano tuviera en sí también una conexión con la naturaleza de manera originaria, a la que puede acceder con la ayuda de recursos presentes en el entorno natural.
Una experiencia que puede involucrar a una persona con el hecho de “ser” animal proviene de las culturas indígenas amazónicas y tiene que ver con el trance que se logra gracias a las sustancias activas del yagé (ayahuasca), especialmente la DMT, dimetiltriptamina. En Reforestar la imaginación, Rocha Vivas comenta que a partir de la máscaraque le permite al chamán el uso de esa sustancia, este se embarca en un viaje de conexión que en varios relatos implica convertirse en un “tigre”, jaguar amazónico (Panthera onca). En esa metamorfosis no sólo se produce un viaje selvático, sino una transformación de la mirada.
El chamán adquiere una visión de animal con la que recorre el bosque e interactúa con otros de su misma especie. Es ahí donde en los relatos se cuenta algo impresionante y que, de algún modo, se ve reflejado en los descubrimientos de los ornitólogos respecto al lenguaje de las aves.
En la experiencia recogida por Rocha, el chamán “veía a la tigresa y a los tigrillos como si fueran personas” (p. 31). En este caso, como nos dice el autor, se va más allá de la máscara. Y se puede percibir que el ser humano en esa conexión, con sus energías y esencias naturales, puede tener una experiencia vívida, no simplemente una simulación. En las transformaciones que permite la ayahuasca se diría con Rocha que “no se tiene una visión: se alcanza y se es una visión” (p. 31).
En esa visión, lo que sostienen los que acceden al trance es que ser jaguar implica entenderse con sus congéneres “como lo hace la gente”. Esto sugiere que, si para comprendernos necesitamos hablarnos, la comunicación entre animales de la misma especie se da también por medio del lenguaje y teniéndose en cuenta como individuos y como grupo.
Tal cuestión, que se ha constatado más de una vez, incluso supera el vínculo entre individuos de la misma especie y pasa, en ocasiones, a ser una relación interespecies. A veces positiva como cuando el perro y el gato, el mico y el perro, el humano y el perro, son amigos. O cuando cuentan algunos relatos cómo los delfines rosados ayudan a los náufragos en los caudalosos ríos del Oriente colombiano. También cuando unos elefantes hace tan sólo unos meses se organizaron en Gabón como si quisieran ajusticiar a aquel millonario cazador estadounidense, al pisotearlo como si hubiesen determinado todo el tamaño de una vida canalla.(1)
Otro aspecto que resalto del análisis de Rocha, respecto a la visión que desde el cientifismo se puede tener de los relacionamientos entre otros seres de la naturaleza, es la tendencia a “antropomorfizar” todo, o hacer observación sólo en términos de productividad o desvirtuar el hecho de que pueda haber comprensiones profundas entre otros individuos que no sean humanos.
El caso es que la intersección y la comprensión entre especies, además de inevitable en la historia natural, supera lo que identificamos como la “racionalidad” con la que el ser humano muchas veces asume el mundo. Es, por lo mismo, un buen indicador que la ciencia pueda llegar a determinar mejor lo que ornitólogos como Suzuki, Wheatcroft y Griesser mostraron, algo que habíamos pasado por alto. Y es el hecho de que aun a falta de escritura, las aves por medio de sus continuas vocalizaciones han creado sistemas de lenguaje complejos y sintácticos para comunicarse entre ellas.
Fotografías: David Palacios
Aun cuando se comprueban elementos de variación en el orden de los sonidos en algunos animales, especialmente primates, los científicos resaltan que todavía no sabemos con certeza si puede haber lo que se llama “sintaxis composicional” en animales distintos de los humanos. Es decir, aquella capacidad para transmitir información combinando sonidos de determinada manera para que de allí se produzca o se varíe un significado. Y por consiguiente, una probable acción que derive de ese significado: llámese huida ante un depredador, evitación de un peligro, llamado específico o comunicación incluso entre especies. Como los ornitólogos recogen, hasta antes de su estudio: “it remains unknown whether animals have evolved compositional syntax or whether this is a unique feature of human language” (Suzuki et al., 2016, p. 2) (traducción propia: continúa sin saberse si los animales han desarrollado sintaxis composicional o si es una característica particular del lenguaje humano).
Los ornitólogos se propusieron, en todo caso, refutar dicha afirmación al presentar evidencia de “sintaxis composicional” en pájaros. Para tal fin, hicieron experimentos en la década pasada con un pajarillo de cuerpo azul verdoso, pecho beige y cara negra con una particular mancha blanca en su mejilla cerca del pico: el carbonero chino (Parus minor). Ese pequeño cantordejó ver que dependiendo de cómo usa la combinación de sus vocalizaciones comunica la defensa coordinada ante depredadores o el llamado a la reunión de los de su misma especie.
Para ello, el equipo científico reprodujo por altavoces las vocalizaciones del carbonero y encontró que según el orden de esos sonidos, puede haber distintos significados. Pues si se intercambian las vocalizaciones los pájaros no emiten igual respuesta, lo que sugiere que el significado cambia según el orden de las vocalizaciones. En consecuencia, un sonido que en un contexto puede ser usado como “reclutamiento” o llamado a la reunión, en otro contexto, seguido de otro sonido, puede significar que el alistamiento debe ser ante un depredador. Además se identificó que la sintaxis o intensidad de los sonidos es distinta según el depredador sea un cuervo o una marta, lo que indica una probable identificación de la amenaza que se proyecta en el mensaje transmitido a sus congéneres.
Las observaciones de los científicos muestran algo que a los observadores empíricos nos parece obvio pero que cuesta demostrar: que los animales tienen formas de comportamiento que son inaccesibles en su comprensión al ser humano y que son asimilables con algún tipo de inteligencia o racionalidad que se transmite a través de elementos de lenguaje complejo entre ellos, a los que el ser humano no puede acceder y no sé si alguna vez pueda tener acceso.
Por esto es importante combinar elementos del sentipensar con evidencia científica para valorar más los ecosistemas y la riqueza no solo en términos de biodiversidad sino también en el sentido de intentar comprender las intrincadas sociedades animales, fuera de la lógica del estímulo y la respuesta instintiva. Es, asimismo, una oportunidad que se nos permita observar en esas interacciones, decires y preocupaciones probablemente más cercanos a los nuestros de lo que nos parece. Como dice Rocha Vivas:
Algunos aspectos de la teoría animal y la teoría de plantas, como el que propone que poseen culturas y agencias, nos ofrecen nuevas perspectivas de relacionamiento con las múltiples especies que poseen igual derecho de habitar en el planeta (p. 135).
Sería importante reflexionar sobre cómo es posible preservar las formas de vida por la riqueza de su existir complejo y elemental, básico pero fundamental en el entramado de la vida. Fundamental porque hace parte del habitar y básico porque sería un punto para empezar a entender las interacciones entre individuos hallando quizás inteligencias que eran impensadas y formas de conciencia comprobadas mediante la evidencia científica.
Los animales son muy parecidos a nosotros, especialmente los pájaros son una de nuestras metáforas vivientes y de nuestros deseos más elementales. Pensando en escribir este texto, preciso escuché decir en estos días a una niña de tres años alegremente, mientras miraba un ave rapaz en pleno vuelo, “¡quiero volar, quiero volar!”, un deseo que comparte desde su tierna edad con Ícaro. Solo materializaba una ilusión humana de hace mucho tiempo, un deseo de ser como ellos sin entender que ya nos parecíamos en el uso de los sonidos, en lo que se va convirtiendo en frases y palabras. Pero las de las aves, más directas que las nuestras, más diáfanas. Es que, a decir verdad, en el lenguaje humano lo que encontramos en contraste es una posibilidad de conexión, pero también una advertencia y, no en pocas ocasiones, apenas la ilusión de un torpe engaño.
Notas:
- Dunbar, M. (24 de abril de 2026). US millionaire big-game hunter dies after being crushed by elephants. The Guardian. https://www.theguardian.com/us-news/2026/apr/24/millionaire-hunter-dies-elephants-gabon
Referencias:
Rocha Vivas, M. (2024). Reforestar la imaginación. Fondo de Cultura Económica.
Suzuki, T., Wheatcroft, D. & Griesser, M. Experimental evidence for compositional syntax in bird calls. Nat Communications, 7, 10986 (2016). https://doi.org/10.1038/ncomms10986

