Consecuencias existenciales del subdesarrollo

Por Edmundo Vergara

El día 3 de Enero del nuevo año sucedió lo que todos sabemos: los gringos se metieron a Venezuela y cogieron a Maduro. Si uno sabe un poco de historia, de geopolítica y no es tan ingenuo, uno entiende lo que eso significa, a saber, que EEUU esta reafirmando su posición de hegemón regional en vista de la competencia con otros grandes poderes a nivel mundial, especialmente China; que lo hacen por el petróleo y para evitar eso que Kissinger llamó en su momento la teoría del dominó o la manzana podrida, i.e., evitar que los otro países cojan el mal ejemplo de un país con visos de independencia para evitar que esa enfermedad nacionalista se disperse.

Dejando de lado los análisis geopolíticos que hacen tantos expertos y estudiantes de pregrado de ciencias sociales en internet, a mí particularmente me interesa, o más bien me preocupa lo que eso significa para mi propia vida y, por asociación, lo que eso implica para la vida de personas como yo, de mis connacionales. El 3 de Enero, en mi trabajo, en un call center, un parcero me dice: ‘Yo no sé qué hacer, me dan ganas de irme del país y dejar de trabajarle a unos pirobos que luego vienen a bombardearme’. Por supuesto se refiere a los gringos y, aunque no lo bombardearon, ni a nuestro país, lo que quiere decir es ‘a mi como latino, me bombardean’. Luego me dijo que era reservista y tal y que le preocupaba que se metieran a Colombia. Le tranquilicé diciéndole que es poco probable que se metan y que si se meten, seguramente no escalaría la situación hasta el punto de llamar reservas (teniendo en cuenta que los militares tal vez no se harían matar por Petro). Pero pensándolo bien, sus preocupaciones son legítimas, pues en un escenario tan grave aunque improbable, dejaría de ser un agente de call center para ser carne de cañón porque a un pirobo con poder se le dio la gana de invadir el país porque no le gusta/no le sirve nuestro presidente.

Yo también pensé que debería irme del país. Pero luego pensé que si uno se va a las Europas o a los mismos EEUU o cualquier otro destino migratorio de renombre, como colombiano sin mayor capital económico, social, cultural y (al menos en mi caso) erótico, uno terminaría limpiando baños o haciendo trabajos de poco valor agregado, aquellos que los ciudadanos de los países desarrollados prefieren no hacer porque ellos se ocupan de los trabajos de alto valor agregado en sus compañías multinacionales, muchas de las cuales extraen materia prima y trabajo barato en nuestros países de origen y de donde salen sus altos salarios, que a la larga, luego se convierten en la fuente de sus estados de bienestar que se financia con los impuestos cobrados a dichos ciudadanos y, de paso, a los migrantes que se fueron pa’ allá. Si me quedo, me toca seguir trabajándole a unos explotadores que no son capaces de darle a uno libre ni un 25 de Diciembre ni un 1ro de Enero porque lo ponen a uno a lidiar con ciudadanos de poca monta del país del norte que lo tratan a uno como si uno fuera su sirviente. Por supuesto que puedo hacer otras cosas para mejorar mi vida, pero todo eso tomaría mucho tiempo y mientras tanto, me tocaría seguir en lo mismo, pero si me voy del país sería ciudadano de segunda clase en otro país del mundo, aunque por divisas ayudaría a mi familia y hasta sería una experiencia edificante. Y si, por otro lado, me quedo y lucho para que tengamos un gobierno más independiente y soberano, como lo intentaron en el vecino país, entonces seguramente tendríamos a los yanquis encima saboteando para obtener todo regalado (el petróleo, el trabajo, los insumos, etc.) y ‘me bombardearían’. Y entonces llegué a la conclusión de que, en términos de mi existencia, es muy difícil salir de la condición del subdesarrollo. Muy jodido porque si peleas por un país mejor, a la larga te joden y si peleas por un trabajo mejor, no lo consigues y te dan la chichigua de un call center y antes toca ser agradecido y, si uno se va del país y es una persona común y corriente, tan sólo tendrá posibilidades iguales a las que uno tiene acá, pero pagado en dólares o euros. Y ya! A eso se reduce nuestra experiencia subdesarrollada, a vivir en esas posibilidades tan pobres. Por eso, independientemente de lo que uno crea de Maduro y compañía, me sentí como deprimido: No parece ser que haya escapatoria. Me hizo acordar de un fragmento de la película cubana llamada ‘Memorias del subdesarrollo’, cuando uno de sus personajes, refiriéndose a la revolución cubana dice que les pasará lo mismo que a los haitianos, que se liberaron de Francia y vencieron a Napoleón (algo de por sí formidable) pero terminaron ‘descalzos y zombis’. Y sí, a los haitianos los castigaron con el cobro de una indemnización por la expropiación a los franceses (una de las principales causas de su atraso económico) y una serie de intervenciones extranjeras atroces. Y a los cubanos los tienen bloqueados, a los chilenos, a los argentinos y otros más les impusieron sus respectivos dictadores y ahora todo esto que está pasando. Pobres de nosotros los latinos, tan lejos de la providencia y tan cerca de los EEUU.

Pero supongo que no debo ser optimista, pues para ello se requiere de evidencia empírica (la cual esta faltando en estos tiempos oscuros), pero si debemos tener esperanza, que no requiere de tal evidencia. Por eso, aunque el futuro no sea claro, se vea feo y tengamos todo en nuestra contra, debemos mantener la esperanza. Pero evidentemente resulta duro confrontarse a los hechos, a la realidad pura y dura del subdesarrollo, de ser colonias que cualquier connacional vende al mejor postor (nuestras burguesías) y que cualquier potencia trata como su patio trasero y a nosotros como sus chécheres. Ah! Qué gonorrea!

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