El problema de la seguridad y la sociedad que lo engendra

Por: Ex Nihilo.

Se habla mucho de la inseguridad en estos días y hay cierto sentimiento de que vivimos una decadencia moral relacionada con la delincuencia. ¿Cuáles son las causas? En lo que sigue trataré de hacer un análisis puramente descriptivo de las condiciones sociales y la relación que tienen con la problemática de la seguridad. Empecemos por establecer unas bases: En toda sociedad, los individuos que la componen quieren vivir, es decir, quieren cumplir con las funciones vitales y para ello requieren que sus necesidades básicas se vean satisfechas. Pero además, quieren vivir bien, todo individuo quiere tener tiempo libre y recursos para disfrutar de la vida (sea cual sea su concepción de disfrute). Para ambas cosas se requiere ejercer algún tipo de actividad económica, algún tipo de trabajo y, para que cumpla ambas funciones, debe ser tal que permita tanto el vivir como el vivir bien, esto es, que el costo y los beneficios del trabajo tengan una relación proporcional razonable (que el trabajo no sea tan penoso como para que afecte las funciones vitales, las facultades y oportunidades para el ocio; y que los frutos del trabajo satisfagan las necesidades y alcance para el disfrute). Si a esto añadimos que nuestra sociedad, en tanto sociedad capitalista, es una que ha desarrollado enormemente sus medios de producción y, por ende, aumentado los estándares de vida como nunca antes en la historia. Si además, tenemos en cuenta que la economía actual genera un grado altísimo de riqueza y su concentración que genera mayores expectativas en los individuos por tener una ‘mejor vida’. Si nos atenemos a esto, debemos también concluir que no sólo los individuos valoran la vida per se, o la vida buena, sino también la riqueza. Es decir, vivimos en una sociedad que, por su propia lógica interna, genera un deseo de obtener grandes riquezas. Entonces en nuestra realidad social contemporánea no sólo queremos vivir bien sino que muchos también quieren ser ricos, entre más ricos, mejor.

Pero ¿cuál es la situación actual en nuestra sociedad? Al menos en nuestro país hay mucha pobreza y desempleo. Esta pobreza y la falta de empleo formal generan una situación desesperada para muchos a quienes no les alcanza ni para vivir ni para disfrutar de la vida. Por otro lado están quienes tienen un empleo formal pero mal pagado y que a duras penas les alcanza para vivir y para disfrutar la vida. Y están otras que tienen empleos con mejores salarios (aunque no muy altos) que pueden vivir y disfrutar un poco (les alcanza un poco de su dinero para destinarlo al ocio), pero tienen poco tiempo libre y, si quieren ahorrar para grandes metas como estudiar, comprar casa o invertir, deben arriesgarse bastante para lograrlo (endeudarse con un banco bajo gran incertidumbre laboral). Por último, están aquellos que tienen muy buenos salarios que les sirven tanto para vivir como para disfrutar de la vida y aquellos que tienen demasiado y quienes no solo viven bien sino muy bien. Esto implica que hay una gran parte de la población, la mayoría, que no sólo ganan poco sino que les cuesta mucho ganarlo, en otras palabras, los costes de oportunidad para vivir y vivir bien son muy altos con respecto a los beneficios. Pero, como decíamos, gran parte de la población, aunque se consolara con tener los suficiente, en la medida en que ve todos los días una promoción y exaltación de la riqueza, no sólo quiere vivir bien, sino que quiere una vida lujosa. Entonces la mayor parte de la población no sólo enfrenta costes muy altos por vivir o vivir bien, sino que ven imposible ser ricos siguiendo las vías tradicionales.

Si el ser humano es racional en un sentido mínimo, es decir, puede razonar de manera instrumental para ajustar los medios a los fines que se propone, entonces dicho ser tenderá a minimizar los costos de su actuar en lo que refiere a los medios de procurarse la vida. Y si vivir bien implica grandes esfuerzos que no se materializan en buenos resultados, entonces un individuo racional en este mínimo sentido va buscar las formas de procurarse una mejor existencia a un menor costo en comparación con la cantidad de tiempo y esfuerzo físico y mental que requiere la vía tradicional, en nuestro caso, trabajar, ahorrar, invertir y disfrutar. Por esa razón, muchas personas comienzan a cuestionarse los valores que rigen su vida diaria (cierta ética, cierta concepción del bien o de lo que es valioso) cuando se dan cuenta del gran esfuerzo que implica matarse en empleos de jornadas de 8 o más horas diarias. Especialmente esto sucede con aquellas personas que tienen empleos que exigen una alta productividad, es decir, aquellos trabajos en los que se exige la mayor cuota de explotación por hora de trabajo. Pero también le pasa a quienes, si bien no tienen trabajos tan desgastantes, no pueden ganar lo suficiente como para tener un nivel de vida que consideren aceptable.

Este tipo contradicciones entre la cantidad de esfuerzo que requiere una actividad y los frutos de la misma, cuando van unidos a una gran precariedad y/o cercanía a entornos sociales donde existen actividades delictivas en las que existe relativamente menos esfuerzo físico o mental, llevan a muchas personas a incurrir en actividades criminales. Si dichas personas llegan a tener éxito en tales actividades y, además, logran establecerse como modos de vida para un amplio sector de la sociedad, pueden llegar a cristalizar en la forma de instituciones culturales que luego adquieren cierto grado de reconocimiento (un ejemplo de ello es la narcocultura, que no sólo exalta sino que en cierta forma promueve dicho estilo de vida). A la larga, estos resultados comienzan a minar las bases de las creencias y valores con los que se sustenta la sociedad tradicional y ponen en cuestión dicha sociedad, sus objetivos, normas e instituciones que pretenden conservar y prolongar porque (se supone), son los criterios fundamentales de la sociedad buena y deseable.

Por supuesto, no todas las personas de clase trabajadora van optar por dicha vía, pues siempre implica riesgos y, porque además, la mayoría de personas no está directamente expuesta a entornos en que la criminalidad o actividades similares tengan lugar. Pero si una buena parte de la población vive en tales circunstancias y logra superar el umbral del riesgo percibido, puede llegar convertir su modo de vida en uno que vaya en contravía con el funcionamiento ‘normal’ de la sociedad. En últimas, las actividades criminales surgen y subsisten en buena medida porque las estrategias tradicionales que ofrece la sociedad son irracionales en sentido instrumental, esto es, los costos o los esfuerzos que implica las vías tradicionales para vivir una vida buena, son muy altos con respecto a los beneficios o frutos que se pueden obtener con los mismos.

¿Pero hay manera de cambiar las cosas? Sí. La manera más lógica sería reformar la sociedad de tal manera que sea una en que el trabajo abunde y que este sea lo menos penoso y lo más provechoso para todos o, al menos, la mayoría de la población. Reformas por aumentar el salario mínimo, aumentar el empleo público, reducción de la jornadas, políticas industriales que incentiven el empleo, entre otras, vienen a la mente. El problema es que estos objetivos entran en contradicción con la lógica misma de la sociedad en que vivimos, es decir, una sociedad en la que las empresas compiten por acaparar la demanda del mercado con respecto a sus competidores. En este sistema, una compañía que produce bienes o servicios, por lo general prospera mientras pueda mantener los costos de producción bajos y pueda, con ello, sacar del camino a su competencia. Esto hace que todas los competidores, a la larga, adopten las mismas estrategias y, para ello, lo que terminan haciendo es reemplazar la mano de obra con tecnología o aumentar la carga laboral de los trabajadores. A su vez, por lo general las empresas en casi todos los sectores preferirán menores limitaciones legales, es decir, que el salario mínimo o las prestaciones sociales no aumenten demasiado y/o que puedan desregularse por completo, con el fin de poder determinar, por lo bajo, lo que pagan a quienes emplean. Como se puede ver, una cosa lleva al aumento del desempleo, la otra a aumentar la carga laboral sin mayores recompensas y, por último, a empeorar las condiciones y el equilibrio razonable entre costos y recompensas del trabajo. Si esta lógica es dominante en la sociedad, entonces tendrá efectos corrosivos sobre todos sus miembros y llevará a que se prolongue la situación en la que la mayoría de la población se encuentra y a que, buena parte de dicha sociedad, especialmente la más afectada, comience a adoptar estrategias, normas y actitudes que vayan en contravía de la sociedad que le da nacimiento a dicho estado de cosas. Además no hay que olvidar que todo esto empeora si se tiene en cuenta que es de público conocimiento que muchos de los que tienen excelentes condiciones económicas, las lograron por medio del seguimiento de estrategias no muy ortodoxas, por lo que se convierten en ejemplo y guía de acción para todos aquellos que quieran lograr tales condiciones, en últimas, los poderosos, al haber utilizado medios inmorales para escapar de la pobreza o los trabajos extenuantes, terminan sirviendo de ejemplo de superación a quienes quieren escapar de tan penosa situación. Esto último va ligado al culto a la riqueza: Una sociedad en la que se exalta la riqueza y en la que no se castiga debidamente el uso de medios ilegítimos para alcanzarla (la corrupción, el hurto, la estafa, la extorsión, el narcotráfico, etc), promueve como estrategia válida de ascención social la delincuencia en todas sus formas.

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¿cómo se puede resolver entonces la situación si no es por medio de la reforma social? Muchos argumentan que esto puede resolverse solo en la forma de mayor uso de la fuerza, es decir, por medio de represión, control policial y judicial. El problema es que dicha estrategia sólo funciona de forma subóptima, pues puede controlar hasta cierto punto los efectos de la decadencia social, pero no reducirlos significativamente ni eliminarlos por completo (si es que tal cosa es posible). Esto sucede porque ningún estado es capaz de controlar toda la sociedad ni la mayor parte de ella y, de intentarlo, requeriría de mayor esfuerzo e inversión económica (la fuerza cuesta), la cual sólo se puede financiar con impuestos. Pero en una sociedad en la que los ricos, los que dominan, no solamente quieren reducir los costos de producción y acaparar mayores beneficios, sino que también quieren reducir sus aportes económicos a la sociedad (reducir al mínimo posible la cuota que deben aportar a través de impuestos), dicha estrategia no puede ser efectiva, máxime si estos mismos grupos intentan desviar todos los costos del estado sólo a la cuestión de la preservación del orden, quitándole recursos a cuestiones como la educación y la salud públicas. Al hacerlo, empeoran las condiciones que generan, a la larga, la delincuencia. En últimas, no sólo prefieren aportar poco al Estado sino distribuir peor sus recursos para cumplir con una de sus misiones proclamadas: garantizar la seguridad. Si a esto añadimos que, como decíamos antes, la existencia y persistencia de prácticas delincuenciales devienen en instituciones culturales que, una vez echan raíces, son difíciles de erradicar, no sólo la lógica social genera el terreno fértil para la deliencuencia, sino que genera las semillas que darán lugar al decaimiento mismo de la sociedad.

Ante este panorama vale preguntarse: ¿Es la cuestión de la seguridad un problema real de la sociedad? Para cualquier persona común la respuesta es ‘sí’, pero si observamos detenidamente, la seguridad puede ser no solamente nada problemática sino incluso oportuna para cierto sector de la sociedad. Si esa parte de la sociedad considera que lo mejor es mantener e incluso profundizar la dinámica económica que genera un estado de cosas en que el trabajo resulta penoso y poco gratificantes para la mayoría, en la medida en que prefieren aumentar la carga laboral, disminuir la cantidad de personas empleadas y pagar lo menos posible. Si, además, dicho sector de la sociedad, prefiere aportar lo menos posible a través de impuestos y desviar los recursos del estado hacia actividades de seguridad, quitándosela a todas aquellas funciones sociales del estado que pretenden soliviantar la problemática social (salud, educación, programas sociales, etc), manteniendo así las condiciones propicias para que las actividades criminales prosperen. Entonces, es probable que la cuestión de la inseguridad, en la medida en que pueda mantenerse dentro de ciertos límites, sea abordada también con austeridad y de forma selectiva y que, además, pueda ser de utilidad para mantener a raya cualquier propuesta por aumentar salarios, el empleo y/o la carga tributaria de quienes se benefician del estado de cosas actual en nuestra sociedad bajo dicha lógica de mercado que genera, entre otros, el problema de la seguridad. En resumen, si quienes dominan económicamente en la sociedad dependen del mantenimiento del estado de cosas que producen la inseguridad y, si pueden mantenerse la mayor parte del tiempo lejos de la misma y, adicionalmente, pueden ver en el problema de seguridad una oportunidad para desviar políticamente la atención de problemas como la pobreza, el desempleo, la desigualdad, la salud, la educación, todas cuestiones que exigen de una mayor inversión y carga tributaria (la cual quieren evitar), entonces ¿no se puede presumir que también tendrán interés en no resolver la cuestión de fondo y tan sólo tratarla como un mal necesario aunque incómodo? ¿No sería razonable pensar que, a la larga, la seguridad no es para ellos un verdadero problema y antes bien algo conveniente?.

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